EL ASCENSOR DEL ALMA

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Oraj Aple🍎 con esta fábula nos invita a reflexionar sobre la delgada línea que separa el amor del odio. A través de un encuentro inesperado entre estos dos sentimientos, comprendemos que no hay emociones buenas o malas, sino maneras de ejercerlas. Lo esencial es aprender a reconocer sus límites y usarlas con sabiduría.

El ascensor del alma

Dios, el creador de todas las cosas, moldeó el universo con sabiduría y amor. En su infinita bondad, dotó al mundo de sentimientos puros: el Amor, la Caridad, la Paz, la Generosidad. Sin embargo, el hombre, con su capacidad de elección, no tardó en forjar los opuestos: el Odio, la Avaricia, la Guerra y el Egoísmo. Así, cada sentimiento tuvo su contraparte, y juntos convivían en la Tierra, cumpliendo su propósito.

Para garantizar el equilibrio, Dios dispuso que cada sentimiento debía rendir cuentas mensualmente. Amor y Odio, como todos los meses, se dirigieron al edificio subterráneo donde debían presentar sus informes. Once pisos bajo tierra, en la Oficina de Sentimientos y Contrapuntos, se analizaban sus tareas y se les otorgaba su compensación.

El día de la entrega llegó. Amor, con su resplandor cálido y su sonrisa serena, sostenía un dossier repleto de historias de unión, sacrificio y ternura. Odio, de mirada filosa y gesto áspero, llevaba un informe cargado de rupturas, venganzas y discordias. Ambos entraron en el ascensor y pulsaron el botón del piso más bajo. Pero algo ocurrió. Con un temblor súbito, el ascensor se detuvo entre dos niveles. El panel de mando parpadeó y, tras unos chispazos, quedó en completo silencio. Estaban atrapados.

Al principio, cada uno se mantuvo en su esquina. Amor suspiraba, resignado, mientras Odio golpeaba con impaciencia las puertas de acero.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —gruñó Odio—. Estamos atrapados, perdiendo el tiempo.

—Alterarse no ayudará a salir de aquí —respondió Amor—. Siempre hay una solución, incluso en los momentos más oscuros.

Odio bufó. Pero luego, sin saber por qué, comenzó a hablar. Relató cómo, mes a mes, debía fomentar resentimientos, quebrar lazos, sembrar envidias. Amor escuchó sin juzgar, entendiendo que su contraparte, aunque temida, también tenía su función en el mundo.

—Yo he visto cómo un amor mal dirigido se transforma en obsesión —dijo Amor después de un rato—. Cómo un afecto desmedido puede sofocar, destruir la libertad del otro. Creemos que el amor siempre es bueno, pero cuando se vuelve posesión, se parece demasiado a ti.

Odio quedó pensativo. Luego, con voz más baja, replicó:

—Y yo he visto cómo el odio ha sido el motor de luchas justas. Ha encendido la ira contra la injusticia y ha movido a los hombres a derribar tiranos. No siempre soy el villano que todos creen.

—Tal vez no eres el villano —dijo Amor—, pero también sé que el odio ciega y destruye sin medida cuando no tiene control. Así como el amor puede perderse en la obsesión, el odio puede convertirse en veneno que consume a quien lo siente.

Odio cruzó los brazos y reflexionó.

—Entonces, ¿qué nos diferencia realmente? Si el amor mal llevado se vuelve obsesión y el odio mal encauzado se transforma en destrucción, ¿somos tan distintos?

—Nos diferencia la intención —respondió Amor—. Yo nazco del deseo de unir, de cuidar. Tú, en cambio, naciste de la ruptura y la separación. Pero, al final, ambos podemos generar lo mismo si se nos usa sin sabiduría.

Permanecieron en silencio. Por primera vez, entendieron la delgada línea que los separaba. Mal encauzado, el Amor podía ser destructivo. Bien dirigido, el Odio podía traer cambios necesarios. No eran absolutos, sino parte de la misma moneda.

El tiempo pasó, y el ascensor seguía sin moverse. Amor se sentó en el suelo, mientras Odio apoyó la espalda en una de las paredes metálicas. Sus diferencias seguían ahí, pero el enfrentamiento había dado paso a la reflexión.

Finalmente, dos horas después, el ascensor zumbó y volvió a ponerse en marcha. Cuando se abrieron las puertas, Amor y Odio salieron sin prisa, con una nueva perspectiva sobre sus propios roles. Ambos caminaron juntos hasta la oficina de certificaciones, listos para rendir su informe mensual con un nuevo entendimiento.

Moraleja: La línea entre el amor y el odio es más fina de lo que creemos. Un sentimiento mal encaminado puede transformarse en su contrario. No es la emoción en sí lo que define el bien o el mal, sino cómo la usamos. El amor sin límites puede volverse una prisión, así como el odio con propósito puede encender la justicia. No debemos temer a los sentimientos, sino aprender a manejarlos con sabiduría y equilibrio. Comprender la naturaleza de nuestras emociones nos permite evitar los excesos y encontrar el camino correcto en cada situación. Así, no es el amor el que nos salvará ni el odio el que nos condenará, sino nuestra capacidad de elegir con sensatez cuándo y cómo utilizarlos.

Oraj Aple🍎

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